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Cerezos en la oscuridad - Higuchi Ichiyō

    "Junto al gran portón que da paso al barrio de placer de Yoshiwara, a la sombra de los sauces centenarios, bulle todo un sinfín de vidas que vienen y van, relatando sus historias, pequeñas, delicadas, sencillas. Una joven en la flor de la vida descubre por vez primera el amor, efímero como las flores del cerezo; una sirvienta de vida desdichada recibe en el día de Año Viejo un regalo inesperado; una esposa infeliz en su matrimonio busca una salida bajo la luz de la luna; los niños y niñas del barrio juegan y ríen, ignorantes del sabor amargo que dejará en sus labios el fin de la infancia, mientras los rostros sonrientes y maquillados de las prostitutas ocultan las trágicas historias de madres, hijas, hermanas…" (Sinopsis de Satori Ed.)

    La escritora Higuchi Ichiyō da voz a estas mujeres a través de sus relatos, abriendo para sus lectores una ventana a la realidad de uno de los barrios rojos de Tōkyō en la era Meiji. Haciendo uso de un lenguaje sencillo y escenas cotidianas, nos guía a través de las calles de Yoshiwara y sus gentes, al tiempo que refleja en sus páginas su amplia formación literaria. Su obra, aunque no muy extensa debido a su temprano fallecimiento, fue reconocida por un mundo en el que desde hacía siglos la literatura sólo tenía nombres masculinos, devolviendo a las autoras a la escena literaria y recogiendo el testigo de grandes escritoras como Murasaki Shikibu o Sei Shonagon del periodo Heian.

    Su nombre original era Higuchi Natsuko (1872-1896), Ichiyō fue su nombre de pluma, que significa hoja, haciendo referencia a antiguas antologías poéticas, como el Man’yōshu (“colección de las mil hojas”). Se trata de una de las escasas escritoras reconocidas del periodo Meiji, destacando por la influencia de la literatura clásica en sus relatos, desde obras de Heian a dramas del periodo Edo. Así, es común encontrar entre sus líneas referencias a escenas de éstas, muestra de la transición vivida en esta época entre la tradición y la modernidad, pues a pesar de encontrarnos ante obras de finales del XIX en sus páginas pervive la tradición literaria japonesa.

    De sus obras podemos destacar su diario, al estilo Heian, donde dejó constancia de sus desventuras, junto con 21 relatos y varios centenares de poemas. De estos relatos, la mayoría podemos encontrarlos ya traducidos al español. La editorial Satori los reúne en dos volúmenes, acordes a dos etapas de su vida: el primero, Días de Nieve, contiene los escritos entre 1892 y 1894, y destacan por ser excesivamente clásicos y sentimentales; y el segundo, Cerezos en la oscuridad, que contiene los de 1894 en adelante. Fue en este año cuando se trasladó con su familia al barrio del placer de Yoshiwara, lo que permitió a Higuchi contemplar a diario la vida cotidiana de sus gentes, ambientación en la que transcurren las historias de este libro, caracterizadas por su cercanía a la modernidad y su vistosidad y colorido. Éstas fueron sus últimas obras, donde plasmó una clara conciencia de género y de clase.

    Por ejemplo, Midori, la joven protagonista del relato Dejando atrás la infancia, es una chica de unos 13 años cuya hermana es una geisha, acostumbrada a ver a la gente ir y venir del barrio de Yoshiwara y rodeada por un mundo que la ha hecho madurar apresuradamente. De ahí que ya sea consciente de cuál será pronto su destino y las cargas que conlleva, sin que pueda hacer nada para cambiarlo. En el mismo relato podemos apreciar cómo incluso los niños del barrio, quienes se dividen en las bandas de la calle principal o de los callejones, ya saben que las clases también existen para ellos.

    Estas obras no constituyen una literatura de denuncia directa, pero sí son lo suficientemente sensibles como para dar voz a las problemáticas sociales que están detrás de cada relato. Se trata de una literatura que nos permite ver, a través de los ojos observadores de Higuchi en este barrio, todas estas tensiones que provocaba la llegada de la modernidad a Japón. Esta escritora nos transporta a su época empatizando con unos personajes que no podrían ser más humanos, sin juzgar, pero dando suficiente información y con la suficiente sensibilidad como para que podamos comprender las dificultades que afrontaban las personas de su entorno y ella misma.

    En mi opinión, gracias al lenguaje sencillo y la cotidianidad de sus escenas, consigue sumergirte con rapidez en la historia, haciendo que te resulte realmente fácil comprender a sus personajes y ponerte en su piel. Además, a menudo parece dirigirse directamente al lector, haciendo algún comentario sobre alguien o alguna situación, o como si ella misma les dijera algo a los protagonistas. Este recurso me sorprendió mucho en una obra como ésta, a caballo entre lo clásico y lo moderno, al tiempo que consiguió atraparme todavía más en su lectura, como si de alguna manera el lector también formara parte de la escena.

    Por otra parte, también me ha encantado cómo describe y orienta la ambientación, contenida en una aparente calma, como en escenarios estáticos, en los que se entrecruzan los destinos aciagos de sus personajes, quienes se ven obligados a llevar una vida de la que no se sienten dueños. Para hacer estos relatos todavía más especiales, la autora los deja sin un final cerrado, a menudo no sabemos qué caminos van a seguir los protagonistas o qué será de ellos, lo que te deja con un sabor agridulce; si bien, al mismo tiempo forma parte de su propia experiencia, ellos tampoco saben qué pasará al día siguiente, así que terminas viendo su vida desde sus propios ojos y con el corazón igual de encogido.

    Y hablando de finales, ya no me alargo más, si quieres sumergirte en el Japón Meiji a través de su literatura, Higuchi Ichiyō es una de sus voces imprescindibles. Y para las excusas que ya me veo venir, Chidori Books tiene una edición digital donde reúne los relatos ambientados en Yoshiwara bajo el título Crecer.

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